miércoles, 4 de enero de 2012

Nagore, gogoan zaitugu!

Después de la tempestad, siempre viene la calma y de ese estado de serenidad vengo disfrutando los días previos a reincorporarme al trabajo.

Estas fechas invitan al desenfreno pero también a la reflexión y a cierta melancolía. Estos últimos días he pensado mucho en Nagore Laffage y en su familia, en cómo habrán afrontado la noticia de que su asesino (homicida según los jueces), ya disfruta de permisos penitenciaros que entre otras cosas, le han permitido pasar la Navidad en familia, en cómo será ver pasar la vida sin Nagore: imaginar qué estaría haciendo ahora, con quién y dónde, y en saber que pase lo que pase, su vida no volverá ser la misma después de su pérdida. Hay experiencias que es imposible comprender si no las vives en primera persona, por mucha empatía que le pongas al asunto...

Cuando una muerte se produce de manera violenta, la vida de la gente que le rodea queda dolorosamente marcada por una sensación de pérdida irremediable, pero también por una impotencia y rabia que en el caso de Nagore, muchas sentimos.

Al margen de los debates que surgieron en torno a las circunstancias de su asesinato, la actitud de su madre, el juicio mediático, etc., yo sólo puedo decir que YO NO OLVIDO A NAGORE. Y a veces me resulta difícil recordar, viviendo como vivo en una sociedad que fagocita las noticias y los sucesos de una manera pasmosa, pero quiero pensar que Nagore de alguna manera, sigue viva en el recuerdo de las personas que en su día sentimos dolor, rabia e impotencia por su asesinato, que el documental de Helena Taberna y la lucha incansable de su madre ayudaron a la sociedad a comprender la injusticia de la Justicia y que sólo muere aquello que se olvida y Nagore no, ella no será olvidada.